Los últimos bárbaros

Una filósofa y escritora colombiana emprende un recorrido extenso por tierras mongolas, territorio en el que, dicen los que saben, surgió alguna vez la vida. En el camino, las trazas del chamanismo y los versos de un famoso poema de Kaváfis urden un relato que se lee como un poliedro. Una pieza inédita y exclusiva para esta revista.

POR Andrea Mejía

Noviembre 19 2025
Ilustraciones de Julia Tovar

Ilustraciones de Julia Tovar

Solo conocía el nombre temible de Gengis Khan, los famosos cantos de garganta y una historia extraña acerca del origen y la desaparición del chamanismo. Había leído un librito de Peter Kingsley, A Story Waiting to Pierce You (Una historia que te atravesará), que tiene por subtítulo Tíbet, Mongolia y el destino del mundo occidental y por epígrafe unos versos de “Esperando a los bárbaros”, el poema de Kaváfis:

“Y ahora, ¿qué será de nosotros sin los bárbaros? Esa gente
habría podido ofrecernos una salida,
desatarnos, eso habrían podido”.

Por lo poco que sé al llegar, el pueblo mongol tiene toda mi simpatía: para mí simplemente son nómadas, chamanes y músicos. Siempre romantizo, y esta vez, como suele ocurrirme cuando llego a un lugar lejano y desconocido, mi simpatía anticipada se vuelve muy pronto admiración pura.

Purevsuren, nuestra guía, nos cuenta que en Mongolia la gente jamás señala las montañas con el dedo índice, ni siquiera pronuncian su nombre por respeto, y para no molestar a los espíritus. “Las montañas siempre están en nuestra mente”, y hay emoción verdadera en su voz cuando lo dice. Muchos cantos mongoles son para alabar y conectar con las montañas, aun cuando están lejos de ellas y las han perdido de vista. Tienen instrumentos musicales hermosísimos, arpas de todos los tipos, muy antiguas, todas de siete cuerdas, violines coloridos con forma de caballo, tambores y otros instrumentos rarísimos.

Purevsuren también nos cuenta que adoran el cielo, Tenger, el gran azul, como le dicen. Si abajo, en la tierra mongola, el espacio no tiene limitaciones ni obstrucciones de ningún tipo, arriba el cielo sí que manifiesta esa forma de presencia de lo que no tiene límites. Al cielo le brindan la primera leche del ordeño. Siempre hay una apertura por la que puede verse el cielo en el centro del techo de todas las viviendas nómadas, esas yurtas circulares, desmontables, hechas de una estructura de maderos flexibles, admirablemente tejida, que se cubre con fieltro de oveja o de camello.

Antiguamente regaban los estribos del caballo con leche cuando alguien iba a adentrarse en las estepas para emprender un largo viaje. Ahora, como puedo comprobar yo misma, riegan con leche las ruedas de los jeeps de locales y turistas, e incluso, también soy testigo, las llantas de una caravana de motociclistas españoles que recorren la tierra de los últimos nómadas contactados que quedan en el mundo.


¿Qué más puede pedirse para enamorarse de un lugar y admirar a la gente que allí vive?

Como si fuera poco, prefieren los números impares a los pares, tienen un juego de lucha libre en el que se premia al ganador con panecitos fritos, adivinan el futuro con huesos de cabra, camello, oveja y caballo, los cuatro tipos de rebaños que los nómadas acompañan y cuidan para que soporten los rigores del invierno más agreste y frío. Los caballos viven sueltos, y aunque llevan la marca de sus dueños, no los usan y los tienen por la pura alegría de que existan. Toman leche de yegua fermentada, preparan un tipo de vodka muy fuerte destilando el yogurt en alambiques. En todo lo que hacen me parece ver los destellos de una libertad sin límites y de una bella forma de locura.


El libro de Kingsley que mencioné cuenta la historia de Abaris, un sacerdote del sol que tras recorrer distancias inmensas en estado de trance se encuentra con Pitágoras. La tesis de Kingsley es que el chamanismo llegó a Grecia desde Mongolia. Ya había sostenido en otros libros que el chamanismo, es decir, las prácticas que permiten entrar en trance para alcanzar estados de conciencia expandida, mediar entre este mundo y los espíritus, sanar a otros y orientarse en la realidad de manera intuitiva, estuvieron muy presentes en el origen de la cultura griega, y por tanto en el origen de lo que hoy vagamente llamamos cultura occidental, cuyo principal distintivo es la racionalidad y el reconocimiento del intelecto como única potencia cognitiva.

Muchos académicos han criticado a Kingsley, y qué más puede esperarse, pero la verdad es que la idea de que Pitágoras, Parménides y Empédocles eran chamanes es mil veces más interesante que seguir creyendo que Grecia solo fue la cuna de la razón pura. Si el tema les interesa, pueden leer Filosofía antigua, misterios y magia y, sobre todo, Realidad, su libro más cautivador y adictivo.

En el desierto de Gobi, que se extiende por el sur de Mongolia y el norte de China, nació la vida, o al menos eso han demostrado algunos estudios, investigaciones paleontológicas y exploraciones científicas. Personalmente no suelo necesitar pruebas de ese tipo, y si me dicen que estoy parada donde surgió la vida, lo creo inmediatamente. Me basta la emoción vibrante y la disfruto, me inclino al sentir que estoy en el templo de los templos, en la catedral del desierto que vio aparecer ¡la vida! ¿Quién prefiere una biblioteca o un museo cuando existe el despliegue infinito y colorido de la vida?

Pero hay para todos los gustos. También hay museos en el Gobi y en uno de ellos me sorprende descubrir la relación entre la historia de la Tierra, que tiene cerca de 4000 millones de años, y la de la vida, que brotó hace aproximadamente 3700 millones de años. Es decir que la edad de la Tierra coincide casi con la de la vida, como si este planeta en verdad fuera el planeta de la vida. El universo, por su parte, es un anciano de más de 12000 millones de años. La vida ocupa entonces algo así como una tercera parte del arco de tiempo que llamamos universo, así que no es para nada un rasgo menor suyo, aunque ocupe un espacio tan ínfimo. La vida propiamente humana, en tiempo, es en cambio apenas un rasguño, tanto comparada con la edad de la Tierra como con la del universo.

Resulta perfectamente comprensible que el tema de la vida y de su relación con la Tierra en la que vivimos despierte más interés que la relación entre filosofía y chamanismo.


Si es así, entonces puedo más bien recomendarles el libro de Peter Godfrey-Smith, Living on Earth (Vivir en la Tierra), en donde se cuenta que la vida pudo desplegarse en este planeta porque un puñado de cianobacterias, al transformar la energía del sol, empezó a liberar oxígeno. A las cianobacterias se las llama así por el azul cian, un color “celeste saturado”, según lo clasifican.

Ahora que estoy en el Gobi imagino entonces, a mi manera, los inicios de la vida: en el corazón de este desierto que alguna vez fue un mar profundo, alimentándose del fuego del sol, un precioso bosquecito azul de organismos muy antiguos fue liberando lentamente desde el agua un aire propicio para la vida. Gracias a estas bacterias, la Tierra se cubrió de verdor y pudo ser morada de los animales.

Visto así, después de todo, la naturaleza que nos rodea sí es una combinación de los elementos, tal como lo imaginó Empédocles, chamán según Kingsley, y como lo siguen imaginando los pueblos nativos del norte de América, que rememoran la creación en la impresionante ceremonia del
inipi, cantándole a las direcciones y a los elementos. Justamente es un representante de estos pueblos el que escribe el prólogo del libro de Kingsley.

El caso es que en la Tierra se condensa este fenómeno nada deleznable de la realidad: la conciencia y la vida. Y es por el impacto de una de las especies que cobró forma en el movimiento ondulante de la vida que la Tierra se encuentra ahora en un momento de transformación irreversible. Es normal que lo vivamos con incertidumbre y angustia, pero este es sobre todo un momento que requiere de toda nuestra capacidad de atención y de apertura. Es la prolongación del momento que Kaváfis ya intuía y que su imaginación poética atribuye al final del barbarismo:

“¿Por qué de repente este desconcierto, esta confusión?
Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron.
Algunos recién llegan de las fronteras y dicen
que los bárbaros ya no existen”.

No todo el Gobi es desértico, y me sorprende encontrar un desierto reverdecido por la lluvia. Las montañas se adivinan, ocultas en la niebla, y veo cómo brillan los ojos de Purevsuren al contemplarlas. Mis ojos también brillan. La luz de la estepa permea el cielo, las rocas y la hierba, que es de un verde transparente y cristalino.

A los bárbaros, según Kaváfis, “les fastidia la elocuencia y los discursos”. Es verdad que hablan poco. El conductor con el que atravesamos parte del Gobi guarda silencio durante las largas horas que dura cada recorrido. Cada tanto detiene el jeep para fumarse un cigarrillo delgadito. Cada vez que encuentra un sendero en la estepa, más o menos marcado por el paso de otros vehículos, prefiere tomar un camino alternativo, es decir, prefiere no tomar ningún camino. Cada vez que toma rapé, me convida, me pasa una botellita tallada en la que guarda su tabaco molido. Yo llevo conmigo rapé del Apaporis, así que intercambiamos, y él prueba el mío con el rostro iluminado por una sonrisa. Se llama Abri, casi como el chamán apolíneo protagonista del libro de Kingsley.

Una cosa es la hospitalidad sin medida, la gentileza y la apertura que puede reflejarse en los rostros y en las sonrisas, otra es la educación, la rigidez y el artificio de las buenas maneras. Aquí al menos no se andan con falsas cortesías y no te charlan solo para llenar el vacío. En eso se parecen a los paisanos de la selva del Vaupés, de donde viene el rapé que le regalo a Abri, que sorbe el té de leche de yegua con un estruendo magnífico y en las paradas que hacemos se levanta de la mesa tan pronto termina, después de haber comido solo lo esencial, un buen montón de cordero asado, y de dejar intacto todo lo demás: los dulces, la papa, la verdura, quizá porque la comida cultivada le parece solo un adorno y un estorbo en la barriga.

No puedo dejar de pensar lo diferente que es la vida humana cuando la tierra no se cultiva. Los animales son todo para estos nómadas, porque gracias a ellos viven, además del cielo que les nutre el espíritu, y al saludarse preguntan siempre por los rebaños, cómo está el pasto de los caballos, si este año engordan las ovejas, si se ha curado la pata rota del camello. No preguntan mucho más. Igual que no comen nada que no venga de un animal, no hablan de lo que es inútil.


Y como los animales se mueven, ellos se mueven con los animales. Como se sabe, fue el cultivo de la tierra lo que puso fin al nomadismo. Alguien tiene que quedarse a cuidar el maíz que no corre ni camina.

Así que aquí no puede verse un solo cultivo, pero a cambio la estepa está llena de plantas aromáticas y el desierto me sorprende más ahora siendo un caldero de perfumes. Es imposible retener las palabras en mongol que menciona Purevsuren cuando le pregunto por el nombre de cada hierba. En vez de nombres, lleno entonces mis narices con olores dulces, acres, mentolados, coloridos, olores que jamás había conocido, y me emborracho un poquito.

Hay algo más: nunca en mi vida he visto tantas águilas juntas. Son muchas las que cruzan el cielo y rodean nuestras cabezas en amplios círculos. Simplemente es un regocijo. Recuerdo que para los pueblos nativos australianos los ojos del águila que vuela son los ojos con los que Dios ve el mundo durante el día. Pienso que, de ser así, el espíritu de Dios siguió su vuelo sobre la estepa mongola después de sobrevolar “las aguas”, como el Génesis dice. Como carezco de rigor científico, pienso además que tanto el Génesis como Peter Godfrey-Smith en su Living on Earth se deben estar refiriendo en definitiva a lo mismo, porque este desierto era antes un mar de aguas tan azules como el cielo que ahora adoran los nómadas que en él sobreviven.

Además de la multitud de águilas libres también veo águilas cautivas. Llevan puesto un casquete como de caballero medieval que les cubre los ojos y solo les deja asomar el pico, una imagen que me estremece y me persigue. Los nómadas solían usar las águilas para cazar, y lo hacen todavía en la estepa profunda. La cacería con águilas fue declarada por la Unesco patrimonio inmaterial de la humanidad, igual que los rituales del Yuruparí que se practican en la selva del Vaupés, igual que muchas otras tradiciones, fi estas, ceremonias, prácticas y saberes que se están perdiendo y que irremediablemente acabarán, como los bárbaros, por extinguirse.

Lo que hacen o hacían al capturar las águilas era dejarlas en la oscuridad para tranquilizarlas, les hablaban y les cantaban hasta que el animal se familiarizaba con la voz de su amo, que se volvía un punto de referencia en la negrura. Después de siete años las liberaban. Ahora usan las águilas para que se tomen fotos los turistas. 

También está la capital, Ulán Bator, una ciudad con un tráfico casi imposible que no deja de tener algo interesante y divertido porque se maneja por la izquierda y la derecha al mismo tiempo, así que hay vehículos con el timón de un lado y otros del otro, cosa que no había visto en ningún otro lugar del mundo.

Paradójicamente, en un país con poca gente y tanto espacio, los edifi cios son torres de cubículos apiñados en medio de canteras y grúas y obras de construcción ruidosísimas. En las zonas “exclusivas” de la ciudad, como absurdamente se les dice, las vitrinas luminosas, las pantallas y el destello de la mercancía son también señales del final del barbarismo.

A la edificación de Ulán Bator contribuyeron en gran medida “nuestros hermanos los rusos”, como los llama con humor Purevsuren, nuestra guía. El régimen soviético llegó a Mongolia a “recomendar” la modernización del país. Igual que los chinos en el Tíbet, los rusos destruyeron monasterios budistas, establecieron canteras y aeropuertos militares e intervinieron el saber tradicional de los nómadas para hacerlo más productivo. Quedaron unos pocos monasterios, uno de especial belleza en Karakórum, la antigua capital del imperio.

Otra de las tesis de Kingsley en A Story Waiting to Pierce You es que un monje tibetano llegó en 1578 a Mongolia a reunirse con el Khan de entonces, Altan Kahn, descendiente como todos de Gengis Khan. Se reconocieron mutuamente, con respeto, y fue Altan Khan el que confi rió por primera vez a un monje budista el título de Dalai Lama. Además, le dio el título honorífi co de “tulku”, que se le atribuye en el budismo tibetano a quienes son identifi cados como reencarnaciones de maestros venerados. Según Kingsley, este primer Dalai Lama le pidió a Altan Kahn que erradicara de Mongolia el chamanismo, que quemara sus instrumentos musicales, sofocara sus canciones y acabara con quienes se resistían. Lo que tuvo entonces lugar fue un genocidio como los que han sufrido y sufren tantos pueblos que lo único que hacen es vivir en la tierra que desde siempre ocupan.

Si es verdad que el budismo quiso acabar con el chamanismo, unos siglos después el comunismo quiso acabar con el budismo. Por lo visto, siempre hay bárbaros con los que acabar. Por suerte, el chamanismo mongol sobrevivió al menos en la música, y el budismo tibetano, el vajrayana, está completamente impregnado de chamanismo, o eso al menos es lo que percibo.

Ya no viajamos como los antiguos chamanes mongoles,que iban, según Kingsley, “purifi cando con la sola atención todos los lugares a los que iban”. Sin embargo, un viaje sigue siendo un despliegue de percepciones, imaginaciones y reflejos. Por la misma naturaleza del viaje, ningún punto de referencia es defi nitivo. Todo está en movimiento, lo que nos permite sentir con más claridad que ninguna forma, ningún lugar es permanente.

“La fuente del pensamiento humano no puede ser capturadaa través del pensamiento”, escribe Kingsley. Desde una perspectiva tanto budista como chamánica eso es completamente cierto. El intelecto no es el único medio de conocimiento que tenemos, y de hecho, aunque las cosas son claras, es nuestro intelecto el que muchas veces nos enceguece y las nubla. También tenemos corazón y ojos. Es lo que deberíamos recordar cada vez que los últimos bárbaros se cruzan en nuestro camino.

ACERCA DEL AUTOR


Andrea Mejía

Doctora en filosofía en la Universidad Nacional de Colombia. Ha sido profesora de los departamentos de Ciencia Política y de Filosofía en la Universidad de los Andes y profesora invitada en la Universidad Autónoma de México. En 2018 publicó la colección de relatos "La naturaleza seguía propagándose en la oscuridad".